Día del padre

Pedro Páramo es mi libro favorito. Sé que la mayoría de las personas no se compromete con afirmaciones de este tipo, menos aún cuando han estudiado letras o se asumen como lectores voraces –¡vaya cliché! Es que son tantos libros, cómo elegir sólo uno. Yo no lo supe en cuanto en cuanto lo leí, sino después de leer mucho más y pensar en que ningún otro me hacía sentir lo mismo. Este año que es el centenario de Juan Rulfo y este año que hace un año que no veo a mi padre, me resulta curioso, por decir lo menos, que una historia alrededor de un padre ausente me fascine tanto. A mí, con mi historia de un padre tormentosa y aparentemente siempre presente, al menos en lo conveniente.

Toda la vida tuve sentimientos encontrados con respecto a mi padre. Cuando era niña le tenía miedo; en realidad, creo que siempre le he tenido miedo pero, cuando era pequeña, sólo le tenía miedo. Luego se fue mezclando con disgusto: cuando estaba, estaba enojado o harto o fuera de sí. Me daba culpa mi deseo infantil de que no estuviese, de que se fuera o desapareciera o de que se muriera; daba igual, bastaba con que no estuviera ahí. Y es que me había acostumbrado ya demasiado a su ausencia como para que luego, de repente, se plantara ahí todo el tiempo.

Cuando acumulé poco más de una década de vida, empecé a tenerle compasión. Estaba triste y flaco, a veces orgulloso de mí, pero casi nunca sin molestia por la vida. Se encontraba más enojado con el mundo, o será que yo lo veía más tiempo, enojado siempre o ido. Se convirtió entonces en una suerte de hoyo negro que nos arrastraba al resto a esa oscuridad suya tan incomprensible y tan críptica pero tan nuestra, tan mía. Esa oscuridad me formó durante todos mis años adolescentes. Así me volví una chica alejada, incapaz de compartir esa oscuridad cuyo origen desconocía por completo. Ni siquiera sabía que estaba ahí con certeza.

Sentía impotencia y coraje, pero también una profunda lástima por la inconsciencia propia que, al parecer, había cargado toda vida. También por esa falta de empatía que nunca le ha permitido establecer lazos afectivos reales y que lo ha condenado a ser una especie de sombra o de espectro invasivo pero desconocido, indeseado.

Al final de la adolescencia, yo toqué fondo emocional cuando él tocó fondo de otro tipo, quién sabe de cuál. Me hundí en mí y no le dije a nadie, sólo me aislé más y más hasta que no quedó nada. Estaba tan sola como él y, si algo me ha aterrado toda la vida, ha sido llegar a ser como él.

Sin embargo, cuando cumplí dos décadas, un día, simplemente se fue. Vació su armario mientras yo estaba en otra habitación y se escabulló como siempre hacía todo: minando sin que te dieras cuenta, despacio, gradual para que fuera casi imperceptible que ya estaba hecho exactamente lo que él quería. Sobra decir que no se despidió, ni me explicó nada. Deja todo siempre abierto, porque no enfrenta nada. No hubo un “nos vemos mañana, voy a estar en ese lugar si necesitas algo” o un “hasta nunca” que cerrara. Nada.

Para mi desfortuna, yo estaba pasando por esos dolores del corazón postadolescente, sufría por una de las relaciones que nunca pude establecer bien. Y fue desafortunado porque no pude disfrutar con plenitud la liberación que aquello implicó. No obstante, los otros miembros de la familia recuperamos nuestra singularidad y podíamos respirar de nuevo y dormir y querernos y despertar con una sonrisa y levantarnos por nuestro propio pie.

No duró mucho el espejismo porque, con todo y nuestra aparente adultez y nuestra recién descubierta libertad, pasó de nuevo: fue impregnándose poco a poco hasta dominar.

Nunca supe bien qué hacer aunque sí pude ver todo lo que estaba mal. No sabía qué hacer para salvar al resto ni para salvarme a mí.

Aún con todo, lo quería. Hacía todo lo que estaba en mí para ver sus cualidades y para sentirme orgullosa de ser su hija. Supongo que todavía lo hago, aunque desde lejos.

No obstante, como el hijo de Pedro Páramo, sentía que me debía algo, algo que no tenía que pedirle porque no era suyo: era mío. Algo que compensara toda esa extracción de energía y de felicidad y de voluntad; en este caso, no de ausencia, sino de su presencia corrosiva. Aún podía hacer algo por mí que me hiciera pensar que el resto era pasado y siempre se puede empezar de nuevo. “Y de ese modo se me fue formando un mundo alrededor de la esperanza que era aquel señor”.

Es mejor mantenerse distanciados de personas tóxicas, pero ¿qué pasa cuando es tu padre?, ¿cómo lo asumes y cómo lo enfrentas?, ¿cómo no caes una y otra vez cuando todo el mundo te dice que la familia es primero y que es lo único que tienes en realidad?

Es mi padre, pero también es un monstruo. No ya conmigo que, al parecer fui un daño colateral, que no era la intención, que sólo viví así por negligencia. Sino con otros. Principalmente con otras, me atrevería a decir. Con todas las mujeres que siempre rodearon su vida: madre, hermana, sobrina, esposa, hijas… y seguramente amantes, conquistas, ingenuas, todas, que mantenían sus esperanzas de promesas, seguramente rotas también. Debí ser más incrédula y más realista, pero sentí que podía ser especial para él, la excepción. ¡Otro maldito cliché!

Con mi esperanza, pues, caí de nuevo. Me rompió el corazón y la confianza otra vez. Y yo sabía que así iba a ser, pero decidí tomar el riesgo. Perdí. Es complicado asumir, en primera instancia, que te has moldeado a base de promesas deliberadamente incumplidas que fueron reforzando la idea de que no eres suficientemente importante para mantenerlas o para poner más esfuerzo aunque no las cumplas todas. Más aún, por parte de quien, se supone, debería ser tu pilar, tu apoyo incondicional. ¿Cómo no acabar así con la seguridad de una persona?

Con mi historial adolescente y de juventud, siempre temí buscar, fomentar o conformarme con relaciones tóxicas. Desde muy temprano, estuve muy consciente de que no había visto dinámicas de felicidad o de lazos sanos. Así que asumía que era mejor no desarrollar nada de eso.

Afortunadamente, creo que pude superar ese tope que me autoimponía y, curiosamente, pudo suceder en su máxima expresión desde que dejé por la paz aquella relación tóxica con mi padre. Ya no esperar a “cobrarle caro” aquello que pensaba que me debía para quedar a mano. Porque eso me ataba a él y el mejor regalo que siempre me pudo dar pero que, por su egoísmo no me dio, fue no estar conmigo para no contagiarme de esa infelicidad que él decidió darse a sí mismo.

He llegado a pensar que ambos estábamos buscando esto. Que él me decepcionaba intencionalmente para alejarme y que yo constantemente le daba la última oportunidad de reafirmarlo. Hace más de un año rompió su promesa de nuevo y mi corazón, además; como siempre, la víctima es él y ya no me importa demostrar lo contrario. Supongo que así los dos ganamos. Ahora sí hubo un “Yo te aviso cuando sepa algo” que yo sabía que era un “Hasta nunca”, que nunca más me iba a llamar.

No rendirse no siempre es la mejor opción, ni la más valiente. Hay que tener mucho valor para reconocer círculos viciosos y tomar acción sobre ellos, aún cuando han estado ahí toda tu vida y da miedo descubrir qué hay más allá. Hay que tener voluntad firme para decidir irse por la propia salud mental.

Los dos últimos días del padre he leído en redes sociales un cúmulo de pensamientos, reflexiones y felicitaciones para los papás correspondientes. Ya sea lamentándose por haberlo perdido o celebrando que aún lo tienen, al mejor padre del mundo, al guía, al maestro. Me encantaría dar todo ese amor, haberme sentido receptáculo de algo así. Me encantaría amar a mi padre. A veces lo extraño, eso sí. Más que a él, a la idea de tener un padre. Pero no es suficiente como para dejar que me rompa el corazón un millón de veces más. No es suficiente como para perdonarle lo que le ha hecho a la gente que sí amo de verdad.

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Yo tenía un blog

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Hace ya más de una década yo tenía un blog. Era de Windows Live, cuando Messenger estaba de moda y todavía ni existía Hi5. O, al menos, yo no había llegado a usarlo. Era una plataforma precaria -Windows Live-, donde lo importante era escribir o tunearlo con muchos colores. ¡Oh, esos maravillosos sitios con fondos negros, letras rojas o azules o moradas, muy brillantes, y tipografía Cómic Sans! (léase, por favor, con ironía.)

Yo escribía constantemente. No mucho, pero siempre. Era contundente, me gusta pensar, y tenía una minúscula comunidad que me leía y se identificaba con mi manera evasiva y rodeadora de expresar mi weirdness, mi muy notoria depresión adolescente. Aunque al denominarla de esta manera parezca que la menosprecio, no es así. Si bien durante años intenté convencerme de que mi vida no era mucho más dura o triste que la de mis semejantes, hoy estoy plenamente consciente de que no exageraba. Al contrario, trabajé bien mi contención y no me permití crisis que seguramente no hubiera podido superar.

Paradójicamente, creo que mi ansiedad social me detuvo: el miedo al qué dirán, el temor a llamar la atención, a no pasar desapercibida, el terror a ser juzgada y a que tuvieran razón.

El caso es que todo eso que no le decía a nadie -nadie, nunca, para que no me juzgaran, para que no me tuvieran lástima-, quedaba en ese blog confuso y fragmentado, lleno de experimentos expresivos que, al menos entonces, no me parecían tan obvios.

Sobra decir que me encantaba escribir. Leía mucho, pero escribir era lo que realmente me daba perspectiva, ordenaba mis pensamientos y los llevaba, a veces, a conclusiones que no se me habrían ocurrido de otra manera. Llegué a escribir cuentos y hasta unos cuantos poemas, de los cuales hoy sólo uno recuerdo porque me enorgullece. Estaba en mi blog. Seguir leyendo “Yo tenía un blog”

#MiPrimerAcoso. Tercera parte. No es un juego de niños

#MiPrimerAcoso. Tercera parte. No es un juego de niños

Luego de haber repasado mentalmente una y otra vez muchas de las situaciones que ahora puedo llamar acoso pero que cuando me sucedieron no tenía mucha idea de cómo nombrar –¿agresión?, ¿agresión sexual?, había y hay aún quien dice que mucho del acoso ni es agresión ni es sexual–, dejé de darle tantas vueltas. Decidí que de todas maneras quizá no era prudente publicarlo en Facebook, exponerme para que de todos modos modos no fuera, otra vez, una cifra, esta vez del revuelo de un hashtag, pero que en realidad no generara debate ni conflicto y tal vez ni siquiera empatía.

Fue hasta una par de semanas después mientras dormitaba en un auto sobre la carretera que el calor de mayo y el tránsito pesado de la entrada a la Ciudad de México me hicieron combinar esa realidad con un sueño y con un recuerdo: mi primer acoso.

No tenía más de cinco años porque pasó cuando iba al kinder. Mi mamá trabajaba, así que le pedía a una vecina cuyo hijo asistía a la misma escuela que me recogiera junto con él. Seguir leyendo “#MiPrimerAcoso. Tercera parte. No es un juego de niños”

#MiPrimerAcoso. Segunda parte. Agresiones

#MiPrimerAcoso. Segunda parte. Agresiones

Como contaba en la entrada previa, tuve algunas dificultades para recordar mi primer acoso, tema del hashtag que se desarrolló a principios de este mes en redes sociales. Recordar no es sencillo cuando te has habituado a situaciones similares a las que intentas recordar. Seguro que la normalización de la violencia no es buena, pero si las mujeres diéramos importancia a cada uno de los acosos que hemos vivido y los recordáramos como eventos traumáticos, seguir con nuestras vidas sería más complicado aún.

Entre los hitos sobre el tema que vienen a mi memoria, recuerdo que en una asignatura de la universidad que trataba la violencia en la literatura, en una clase particular que se enfocaba en la violencia hacia la mujer, me asumí públicamente como alguien privilegiada porque no había sufrido de discriminación en ningún sentido alrededor del género. ¡Qué ciega y equivocada! Seguir leyendo “#MiPrimerAcoso. Segunda parte. Agresiones”

#MiPrimerAcoso. Primera parte. De la memoria reconstruida

#MiPrimerAcoso. Primera parte. De la memoria reconstruida

Hace más de dos semana que pasó el día de la mujer y del auge del hashtag que titula la presente entrada. Aunque sé que esta herramienta es nativa de Twitter, yo leí anécdotas dolorosísimas en Facebook, algunas de las cuales eran de hombres, pero no desde este punto de vista repelente, defensivo y totalmente carente de empatía, sino de hombres de reconocían –en un acto autoconfontativo y afrontativo, que requiere de mucho valor y de mucha humildad– la primera ocasión en la que fueron acosadores. Situaciones donde la curiosidad y el despertar sexual natural del desarrollo humano se conjugó con la permisión explorativa que se les concede casi exclusivamente a los hombres que a veces, por desgracia, también permite, reproduce y fomenta la transgresión a los cuerpos de otros, de otras, en muchos casos.

 Mientras leía la gran cantidad de recuerdos, sobre todo de mujeres –que conozco y otras que no y cuyas historias fueron compartidas colectivamente–, pensé en escribir el mío, pero realmente no pude pensar en mi primer acoso.  Seguir leyendo “#MiPrimerAcoso. Primera parte. De la memoria reconstruida”